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ORACION DE D. JOSE ANTONIO HERRERO SANCHEZ
Aquí me tienes Señor, delante de TI, ayúdame con tu gracia para que mi oración sea sencilla y pueda contemplarte con esa misma sencillez y libertad, hazme ver lo que quieres de mí y concédeme tu luz para caminar a TU lado:
En esta tarde de oración a tus pies vengo a rogarte y acompañarte humildemente en la soledad de tu Buena Muerte. Vengo a velarte y por todo darte gracias.
En esta tarde de silencios vengo a estar junto a TI y a darte gracias porque siempre estés aquí, en mi vida y en la vida de tantos…y en la de aquellos que ya no están pero que se fueron creyendo en la Vida de tu Buena Muerte.
Así que en esta tarde , junto a tu imagen muerta, Cristo de la Buena Muerte, vengo sobretodo a comprender tu silencio y a compartir tu soledad en esa cruz, que un día clavaron en el monte calvario, y que sin embargo, tu muerte en ella salvó nuestras vidas, legándonos un cielo de paz, trazando así la vertical más hermosa que nadie podrá realizar jamás; la que une la tierra con el cielo mediante esa infinita cruz, en la que TU estás siempre presente, clavado y sufriendo en ella por nosotros y por nuestros pecados, haciéndote cada día mas omnipresente en nuestras vidas y perdonándonos cada día porque aún cuando pecamos somos tuyos y en tu cruz está nuestro perdón. Porque tu cruz es como el árbol que crece a orillas del arroyo, que da el fruto a tiempo y cuyas hojas no se marchitan nunca.
Oigo pasar el tiempo por la memoria, ¡ya duele el azahar en la memoria!, de aquellos días de primavera, no hace mucho, en los que te abrías paso entre los naranjos de las calles que conducían a la plaza nueva, bajo ardientes soles de martes santo en una austera soledad acompañada de oraciones de antifaces negros y penitencias de pies descalzos y tu madre...siempre contigo tu madre, tan cerca y tan unida, cuando está al morir tu vida, que dudo si en sus lagrimas se llora de tanto quererte o de Angustia de muerto verte… y así vamos todos siguiendo tus pasos, tus pies inertes y destrozados y tu rostro dormido e inmerso en sueños de justicia y salvación en extensos prados de claveles ó lirios eternos sobre los que ya se derramaron suficiente sangre para una paz más viva y coronada por tu muerte allí clavada, alzada en una cruz…tus pies , tus manos y tu rostro inerte son la puerta que hay que atravesar un martes al año para comprender la vida… y el misterio de la muerte.
No me arrepiento de perderme en los caminos de tu corazón si en tus ojos casi cerrados puedo ver la luz que me guía para mejorar cada día, como persona y como cristiano, No me arrepiento de perderme entre tus llagas si de la sangre que de ella brota, como si de agua se tratara, y como el cauce de un río, me condujera a las desembocaduras del perdón y de la fe y allí habites por ellas en nuestros corazones. No me arrepiento de tenerte todos los días cerca, en la universidad de mis sentimientos y mis oraciones, y no me avergüenzo si tengo que decir que te quiero, en estos tiempos cada vez más difíciles, pero nunca daré un paso atrás en tu camino si TU estás guiándonos en él y siempre… al igual que el azul en el cielo…tus ojos y tu luz, tu fe y tu perdón, tu sencilla, nuestra y eterna cruz…
Contemplando tu imagen crucificada, siento que quieres bendecir mi vida y hacerme más fiel a ese inagotable amor que derrochas en esa cruz estando sin embargo tan solo y abandonado. Por eso mismo te pido por los que de alguna u otra forma se encuentran como tú, por los pobres, por los que no tienen hogar, por los ancianos abandonados, por los enfermos, para que le des cobijo en esa cruz y los abraces de tu amor. Porque como dice Benedicto XVI en su primera encíclica “Dios es amor”.
Como estudiante que soy no puedo abandonar esta capilla sin pedirte por todos los jóvenes, para que terminen escuchando tu llamada y por toda la comunidad universitaria porque por muchas carreras que cursemos o por mucho que estudiemos siempre nos quedará por aprender la lección más hermosa; la de tu Buena Muerte…
Frente a tu carne muerta podría ser testigo del dolor, del sufrimiento y de la agonía ya pasada, pero no lo soy, tan solo soy testigo de clemencias y oraciones, de promesas hechas y devociones encontradas, porque sobretodo, frente a tú carne muerta, soy testigo de la fe de un pueblo y es que nada es imposible con la fe que emana de este Stmo Cristo, porque este Cristo, clavado en la cruz es la imagen perfecta del Padre.
En esta tarde de culto y de oraciones en la que acudí a tu llamada para rezarte en el calvario donde siempre tan de cerca te encuentro, también tengo que darte gracias. Gracias por haberme dado la fe y por estar día a día en mi vida y comprender así que mi lugar es a TU lado aunque también a modo de última voluntad, te tengo que pedir que me concedas el deseo ardiente de parecerme a TI en todo lo posible y que algún día de mi vida me ayudes a entender hasta que punto somos hijos de tu corazón…y de tu Buena Muerte.
Amén
José Antonio Herrero Sánchez
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