|
50 AÑOS DE VIDA Y DE BUENA MUERTE
por Juan Luís Ferrari Márquez
Quisiera comenzar dando las gracias a nuestro Cristo de la Buena Muerte por haber podido llegar a este privilegio de celebrar los 50 años de hermano en nuestra Hermandad. Es señal de haberlos vivido junto a todos los que estamos aquí y celebramos este feliz acontecimiento. Desgraciadamente otros no nos pueden acompañar, pero seguro que también están aquí presentes.
Igualmente quisiera agradecer a Antonio Piñero sus palabras pero quiero confesar que me siento abrumado por estar aquí hablando de estos 50 años de vida y Buena Muerte cuando muchos de vosotros lo haríais mejor que yo, pues no ha sido nunca mi fuerte la narrativa ni la poesía, pero acepté la invitación como un servicio más a nuestra Iglesia y a nuestra Hermandad, sabiendo que seríais comprensivos con un médico cirujano, que en la gran parte de estos 50 años lo que ha hecho es estar callado y trabajando en un quirófano y por tanto he ejercitado poco la oratoria.
Yo quisiera que a través de mis sencillas palabras también vosotros recordéis vivencias, experiencias y anécdotas, de estos años de vida personal y de pertenencia a esta nuestra Hermandad de los Estudiantes y de la que nos sentimos orgullosos. Será como una narración de escenas de estos años vividos, en los que hemos ido envejeciendo vestidos de nazareno, sin darnos cuenta.
Desde pequeño me atraía nuestra Cofradía porque en ella salía mi padre que entró en la Hermandad por mi hermano Mariano, el mayor de los 5, que sólo pudo salir 4 años por su muerte muy prematura en 1948, con 19 años, cuando cursaba los estudios de 2º de Derecho. No sé si estas circunstancias marcaron la pertenencia familiar a esta Hermandad de la Buena Muerte.
De niño, de la mano de mi familia, y luego ya de muchacho, con mi pandilla, íbamos a ver entrar nuestra Cofradía, donde ya solo salía mi padre.
Recuerdo cómo nuestra Cofradía regresaba por la calle Laraña, ya anochecido, en silencio, a veces con poca gente en la calle, pero que se agolpaba en la puerta de la Iglesia de la Anunciación para volver a vivir cada año instantes de emoción contenida a la entrada del paso de nuestro Cristo, majestuoso en su presencia y caminar, y que cuando se acercaba, la gente enmudecía de emoción.
Hasta el alumbrado de la calle se apagaba por respeto y quedaba todo medio a oscuras solamente iluminado el Cristo por los cuatro hachones. En ese silencio se oía la voz del capataz y el arrastrar de las suelas de esparto sobre los adoquines. El paso enfilaba la puerta de la Iglesia, bajaban la cruz y aún así los costaleros, en aquel entonces profesionales, se agachaban y paso a paso, resonando en las tablas de la rampa sus pequeños saltos, progresaba el paso del Cristo hacia el bajo y estrecho arco del dintel de la puerta y la cruz, parecía que no cabía. Expectantes todos, mirando al extremo de la cruz y a su INRI, aguantando la respiración, veíamos cómo, poco a poco, lograban pasar la puerta con maestría. No se oía ningún aplauso, solamente algún suspiro contenido.
Continuaba el transcurrir de penitentes durante largo tiempo y de nuevo las luces de los cirios que iluminaban la oscura calle Laraña. A lo lejos se oía la música que anunciaba el paso de nuestra Virgen. Ahí venía doblando la esquina de la calle Cuna. Como siempre, con ese andar serio y con señorío, con el inconfundible palio, fijo en el cielo, y a Ella caminando debajo con cara de Angustia, como en busca de su Hijo. Llegaba hasta nosotros, apiñados enfrente de la puerta; nos embargaba ese aroma de Sevilla, de cera, incienso y azahar unidos; venía nuestra Virgen con la candelería a medio gastar, pero suficiente para iluminar su cara que al contraste de las luces y sombras vacilantes, parecía tomar vida.
Ahora… lo más difícil para los costaleros, pasar el palio por ese arco tan estrecho y que parecía imposible. Paraba la música y ahí de nuevo la voz del capataz, que resonaba en el silencio. Voz de ánimo y de último aliento a los costaleros. Sonaba el llamador con gran firmeza y nuestra Virgen alzada casi como en la Asunción, hacia el cielo. Igual que el Cristo, avanzaba lentamente hacia el arco. De nuevo, con nuestra respiración contenida y con los ojos fijos en las puntas de los varales, comenzaba a traspasar el dintel casi rozando por ambos lados y acompañado en el silencio por el golpear de los pies de costaleros sobre la rampa.
El palio a veces se inclinaba hacia el arco para rozarlo pero el… ¡quietos ahí!, lo separaba. Seguía entrando, durante unos instantes interminables, hasta que la última bambalina pasaba la estrechez del arco. Sonaba en esos instantes el Himno nacional y de emoción se oían algunos aplausos silenciados. La puerta se cerraba ante nuestros ojos, ocultando el misterio de lo que después pasaba.
Al llegar a casa nuestro padre nos regalaba una bola de cera, que olía a incienso y miel. Mi hermano, artista desde pequeño, al día siguiente, modelaba una imagen de nuestro Cristo y sobre una caja de zapatos, hacíamos un paso y volvíamos a revivir, con la ilusión, aquellos momentos de la entrada de nuestro Cristo, pero ahora el dintel eran los palos de una silla.
Otro año que habíamos vivido unos instantes inolvidables que hoy podemos recordar, traerlos a nuestro corazón para que nuestros labios lo pregonen.
Corría la primavera de nuestras ilusiones y la del año 1957 cuando, con espíritu de ser mayores, nos dirigimos, algunos de la pandilla, hacia la antigua Universidad en la calle Laraña, a las dependencias de nuestra Cofradía de Los Estudiantes con la intención de apuntarnos todos como Hermanos. Pero fue una desilusión comprobar que solo mi hermano Pepe y Ramón Aramburu, ya fallecido, podrían salir ese año de hermanos en la cofradía; Rafa Ventura y yo no teníamos la edad suficiente para ello. Recuerdo que tuvimos que decir alguna “mentirijilla” al apuntarnos como Hermanos, porque aún no éramos universitarios y creíamos que sólo podían salir los que estaban ya en la Universidad, y en el apartado de la inscripción que se refería a “estudios”, tuvimos que poner cada uno en qué Facultad estudiábamos sin estar aún en ella; yo puse Medicina como una premonición que se cumpliría años más tarde.
Fue al año siguiente cuando ya pudimos salir todos juntos.
Recordamos esa primera estación de penitencia desde la antigua Universidad de calle Laraña en 1958.
Éramos jóvenes y nuestro caminar en silencio por las calles desde casa hasta la Iglesia de la Anunciación, detrás de nuestro padre vestido de Hermano, se nos hacía raro, pero así lo ordenaban las Reglas: Por el camino más corto y en silencio.
Nos tropezábamos a veces con las aceras, se nos enganchaba la cola de la túnica en los parachoques de los escasos coches que había, sentíamos cómo nuestros capirotes tropezaban en las ramas de los árboles. Poco a poco descubríamos una forma nueva de andar por la calle tan solo viendo muy parcialmente por los ojos del antifaz y en silencio.
Entramos en la Anunciación y llegamos ante nuestras imágenes, allí estaba por primera vez frente a nuestro Cristo, nunca antes había tenido la sensación de estar solo ante Él. Su rostro sereno, aun a pesar de todos los estigmas de su pasión reciente, de los sufrimientos y de las deserciones de casi todos sus discípulos. El “todo está cumplido” le había dado esa serenidad en el rostro ante la gran prueba de la muerte, de la muerte por todos nosotros, de esa Buena Muerte por Amor.
Al lado, en su paso, estaba Nuestra Virgen, con los ojos entornados, sus mejillas brillaban de lágrimas, con la mirada perdida aún sin comprender lo sucedido a su Hijo pero que tantas veces había temido ese fin, porque su muerte era consecuencia de una vida de entrega a los demás, de búsqueda de la justicia defendiendo a los pobres frente a los más poderosos, despertando así la envidia e intolerancia de los que no eran capaces de hacer lo mismo aun siendo sacerdotes y representantes de la Ley.
El llamarnos para ir formando la cofradía nos sacó de aquella meditación.
Entrábamos por vez primera en aquel patio con claustro y en su centro la estatua de bronce de Maese Rodrigo, el Fundador de nuestra Universidad.
Formada ya la cofradía comenzamos a avanzar hacia la puerta de la Iglesia. Se abrieron sus puertas y se fueron haciendo silencio las voces. La cruz de guía brillaba al sol de la tarde entre el humo de los cirios encendidos desde la salida como para manifestar la presencia y testimonio de luz de todo aquel que quiere y sigue a Cristo.
Recuerdo aquel sol que, ya cayendo desde la Campana, alargaba aún más nuestras figuras por toda la calle Laraña. Expectación ante el paso de nuestra Cofradía y nosotros ya éramos integrantes de ella, éramos mayores,nos sentíamos orgullosos, sin saber lo que suponía su pertenencia hasta ir descubriéndola con el paso de los años.
Nuestro antifaz nos ocultaba la cara, pero no los ojos de felicidad.
Comenzamos a experimentar las múltiples sensaciones que hemos continuado viviendo durante tantos años.
Salimos a la calle, rodeados de bullicio pero nuestro silencio hace enmudecer a la gente. Se percibe nuestra seria actitud y respetan nuestro desfilar. Los niños piden cera, caramelos, y unos a otros se dicen:¡éstos no dan “ná”! Sus madres les corrigen: “Niño, no molestes al nazareno y toma el bocadillo”. De pronto un niño que pasa y tira de ese “moco” de cera que cuelga del cirio y que después ablanda para pegarlo y agrandar aún más esa bola que ha guardado de un año para otro, esa bola rellena en su centro de papel de plata para darle un mayor tamaño y ser así la envidia de los amigos.
Notamos cómo se va clavando en nuestra frente el filo del capirote, o la cruz sobre el hombro, cómo nos aprieta el cinturón de esparto que a veces nos impide el respirar. ¿Seré capaz de resistir todo el recorrido? Te preocupa el guardar la distancia con el que va delante, subir el cirio cuando comienzas a andar, no quedarte con él arriba distraído o absorto en tus pensamientos, cuando se para la cofradía.
Pero…¿qué sentido tiene el salir de nazareno? En los primeros años lo tienes como algo que deseas hacer no sabes muy bien por qué. Por tradición de familia, porque en Sevilla en Semana Santa se sale de nazareno. En el transcurrir de los años te vas haciendo consciente de todo lo que significa; romper con la pereza, el sentirte tan unido a la Hermandad que el no salir es como una traición, te sentirías infeliz saber que tu Cristo o tu Virgen están en la calle y tu en casa o en otro lugar. Tu sitio el Martes Santo es estar en fila delante o detrás de nuestro Cristo, acompañarlo en su silencio, en su caminar sereno, y ver cómo le admiran todos los que lo ven pasar.
El aislamiento debajo del capirote y detrás del antifaz favorece el meditar sobre lo que pasa a nuestro lado, lo que pasa en nuestro interior, en nuestro mundo y lo que más nos preocupa ese año. Revisas tu vida. Rezas por tantos como salieron en años anteriores y que este año no pueden hacerlo porvariados motivos, la mayoría muy serios, y algunos porque ya gozan de la alegría y paz en su presencia, viendo a Dios cara a cara.
Continuamos por Orfila y Lasso de la Vega, sin ver en ningún momento a ninguna de nuestras imágenes. Era la primera vez que llegábamos a la Campana y pasábamos por el palquillo donde estaban unos señores mayores controlando el horario. En el transcurrir de los años esos señores mayores se nos han ido cada vez pareciendo más jóvenes y desde no tener nada más que un papel, un bolígrafo y un teléfono negro con cable, hasta hoy con sus modernos y sofisticados teléfonos móviles.
Nos molestaba el bullicio de la gente en La Campana, donde comenzaba la Carrera oficial. Niños en medio de la cofradía pidiendo cera, comiendo cacahuetes, bocadillos, llorando algunos. Tienes que hacer un esfuerzo para caminar sin tropezar con ellos.
Así toda la calle de la Sierpes, hacia los Palcos, y la Avenida de José Antonio, que así se llamaba.
En medio de este bullicio, Sevilla sabe hacer silencio y con respeto se va poniendo de pié a medida que el paso de la imagen se acerca. Se ve cómo alzan la mirada y es señal que el Cristo o la Virgen, están próximos.
Entrar en la Catedral nos impresiona, por su grandiosidad y silencio. Atravesarla con los rezos del Vía Crucis, lecturas de la Pasión que te hacen meditar. Algunos se salen deprisa de la fila buscando donde poder aliviar la inquietud que han traído. Después regresan rápidamente a su sitio.
Recordamos salir a la Plaza de la Virgen de los Reyesy rodear la fuente para pasar por delante del palacio Arzobispal donde el Cardenal Bueno Monreal, nombrado ese mismo año por el papa Juan XXIII, observaba desde el balcón nuestro desfilar ordenado.
Enfilábamos la estrecha calle Placentines hacia Francos, en las que el bullicio apretaba a la cofradía de tal forma que nos dábamos unos a otros con los cirios en los capirotes. Este paso lo recordaría años más tarde cuando tuve el honor de acompañar a nuestro Cristo en el Santo Entierro Magno de 2004.
Nuestra cofradía entraba en la plaza del Salvador, con poca gente, como ahora añoramos tantos sevillanos, y la cruzaba en silencio como nuestro Señor del Silencio lo hace de madrugada. Calle Cuna larga y estrecha, con el airecillo fresco de la noche que nos enfría las manos. Y por fin Laraña,hemos resistido la estación de penitencia. Entramos ordenadamente en la Iglesia de la Antigua Universidad, que se encuentra a oscuras y nos van situando, con capirote y cirio encendido, en los escalones del presbiterio esperando la entrada de nuestras imágenes. Cansados pero felices, algunos se sientan.
Esperamos en silencio y de pronto se escucha el llamador del paso de Cristo y, poco a poco, lo vemos aparecer frente a la puerta, sereno, como dormido en la noche, iluminado su rostro débilmente por los hachones. Sentimosla misma emoción de niño, pero ahora lo veíamos entrar de frente a nosotros. Silencio en el templo, iluminado tan solo por los cirios encendidos, algún rezo en voz baja. Entre capirotes vemos al Cristo entrar, con la misma dificultad de siempre bajo el arco, pero este año había sido distinto, lo había visto entrar cara a cara, se acercaba y lo sentíamos también cansado como nosotros.
Esperamos a la Virgen. Sonido lejano de marcha seria, como decimos aquí. Se ilumina el dintel de la puerta y de nuevo Ella. Viene con lágrimas en las mejillas, el ceño fruncido de dolor, la boca entreabierta como hablando de la muerte de su Hijo. Se nos viene el recuerdo de niño, ¿cómo la pueden entrar por ese arco tan pequeño? Un año más que se acerca a nosotros luminosa, cruza el arco, rozando suavemente alguna punta del varal. A lo lejos se escucha el Himno que se va apagando al tiempo que se entorna y se cierra la puerta.
Descubrimos ahora el misterio que pensábamos de qué pasaría una vez cerrada la puerta de la iglesia. Se oye la voz de nuestro Director Espiritual rezando por nuestros hermanos difuntos y era natural que yo también rezara por mi hermano Mariano, en especial. Gracias a él había podido vivir todos aquellos momentos.
Después en el patio los comentarios… ¿sabes que le han quemado el antifaz a Ramón en la Iglesia? Sonrisas compartidas, alegría de sentirnos felices.
Nuestras vidas también van discurriendo como un caminar silencioso de años que pasan sin darnos cuenta. Nos vamos haciendo mayores. Cada uno orienta su vida por senderos distintos. Pero cada Martes Santo nos volvemos a encontrar en el mismo tramo. Nos saludamos cariñosamente, comentarios de nuestro trabajo,de nuestra familia. Algunos viajan desde lejos para acudir cada año a la cita. Momentos de organización de la cofradía. Los diputados de tramo, incansables, leen una y otra vez la lista, señalando a cada uno su sitio. Permutamos algún sitio para llevar el cirio con la derecha o con la izquierda si tu amigo es zurdo. De nuevo, otro año, que salimos, se escucha la voz del Capellán, el comienzo del santo Rosario.
Salimos a la calle pero ¿qué pasa? ¡ Estamos en la calle San Fernando!
¿Qué ha pasado? Que al trasladarse la Universidad en 1966 nuestra Hermandad también lo hace a la capilla de la antigua Fábrica de Tabacos de la Calle San Fernando.
Recordamos aquel año de 1967, cuando salimos por primera vez de la actual Capilla universitaria. No teníamos sitio para organizar la cofradía y tuvimos que comenzar a hacerlo en los patios de la Facultad de Derecho e ir saliendo hacia la Capilla para cruzarla y salir por la puerta que da al Prado de San Sebastián.
Este hecho del traslado conjunto a la nueva sede, es muy significativo lo que nos habla de ese vínculo tradicional entre Hermandad y Universidad. Todos conocemos el origen fundacional de nuestra Cofradía por parte de catedráticos y alumnos en 1924, incluso el vicerrector juró las Reglas. Estas circunstancias hablan de que no son contradictorias Cultura y Fe, sino que forman un binomio, una unidad de dos realidades que algunos también hoy día intentan enfrentar y que únicamente pueden ser la base de una formación integral del hombre.
Como decía Juan Pablo II " Una fe que no se hace cultura, es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida".
En esta estrecha relación Cultura y Fe se forjó el espíritu cofrade de nuestro ya desaparecido y querido Juan Moya, que en su pregón de 1989, no comprendía una Universidad que solo enseñara Cultura en un inmenso edificio y que la fe solo se viviera en la humildad de una pequeña capilla. Pedía llegar a la “última convocatoria de su septiembre” y presentarse al examen práctico de la más importante asignatura, la de la salvación del hombre, y que Dios le respondiera: “se sabe usted la lección de mi Buena Muerte”.
Ésta sentida reflexión ha dado origen a la Fundación que lleva honrosamente su nombre, Fundación Juan Moya, con el fin de promover la formación integral del cofrade, teniendo presente los beneficios que a la sociedad actual puede aportar la proyección de los principios y valores cristianos.
Es pues un motivo más para dar testimonio con nuestra presencia por las calles de Sevilla, manifestando que mientras más penetras en la profundidad de la Ciencia y Cultura, más descubres la realidad de una fe en el Dios creador.
La salida de nuestra cofradía desde esta nueva sede universitaria, ¡era tan distinta a la de la antigua universidad! La cofradía salía de la pequeña capilla por la puerta que da a la Pasarela. La gente se agolpaba en el poco espacio y algunos observaban la salida desde el otro lado del foso de la Universidad.
Perdíamos, en principio, el recorrido por calles estrechas y sin tráfico, que daban a la cofradía intimidad, silencio y recogimiento.Aparecían aspectos nuevos de nuestras imágenes flanqueadas por árboles y palmeras, y saliendo tan temprano caminábamos al sol ardiente de las tardes de abril, sobre un asfalto que derretía los cirios y los pies descalzos de los penitentes. El antifaz te quemaba la cara y te faltaba el aire para respirar.
Contemplábamos por vez primera nuestro discurrir por la Avenida, aún de José Antonio, pero ganábamos con nuestro pasar por el Postigo del aceite. El sol, ya en su ligera caída, resaltaba el albero color del arco como fondo de nuestro Cristo sobre el rojo monte de claveles. Imagen hasta ahora inédita.
Entrábamos de nuevo en las calles estrechas y recoletas Arfe y Gamazo, Tetuán, Velázquez y O’Donnell, hasta Campana y allí volvíamos a vivir la Carrera Oficial como en años anteriores.
Al salir de la Catedral ya no girábamos a la izquierda sino que nos dirigíamos ahora hacia la plaza del Triunfo. Novedad, nuevos horizontes. La gente nos preguntaba qué cofradía éramos, y nuestro silencio les orientaba a que podíamos ser los Estudiantes. Nuevo caminar junto a las murallas del Alcázar, calle Miguel de Mañara y Plaza de la Contratación. Nuestra cofradía año a año va despertando curiosidad y emoción en esta plaza. Casi a oscuras, el silencio roto por alguna saeta, a la gente le emociona, se corre la voz y en los años sucesivos el bullicio se agolpa en la plaza y hace difícil su paso.
Todo cambiaba al entrar en el recinto de la Universidad. Casi a oscuras, las caras de los que presencian nuestro desfile, se encienden a la luz de los cirios; gente joven, muchachas con la ilusión del primer amor, sonríen cortejadas. Esperan al Cristo. Los nazarenos descalzos sufren aún más con los cantos rodados del pavimento. Se oye en el silencio el seco sonido del llamador. El Cristo comienza su ascensión tan lentamente que ni se nota, solamente la voz del capataz…el “venga de frente” hace avanzar el paso. Al pasar junto a la antigua cárcel también el Cristo se hace solidario con ella y su sombra plateada por la luna, se refleja sobre sus muros. Avanza por los jardines donde al azahar con su aromatambién lo besa. Se acerca a la puerta y con más facilidad entra. Hemos cambiado la emoción de la entrada, por el sentir al Cristo más cerca. Así lo manifiesta la gente que, año tras año, no falta a la cita.
Corrían años de incertidumbre política y comenzaban las reivindicaciones laborales con más fuerza. Eran el principio de los 70. Algunas cofradías se quedaron sin salir por huelga de los costaleros profesionales, que antes de la salida reclamaban más paga. Una situación tensa que fue dando lugar a buscar unaalternativa y así surgió el pensar que los Hermanos pudieran salir de costaleros.
En 1973, siendo nuestro querido Ricardo Mena Hermano Mayor, la Hermandad crea su propia cuadrilla de costaleros, mandados por su capataz, Salvador Dorado.Fue la primera vez que en Sevilla a las imágenes de una Hermandad, la portaban los propios Hermanos, sentando así, nunca mejor dicho, cátedra universitaria para las otras Hermandades, que siguieron su ejemplo en sucesivos años.
Recordamos la inquietud en nuestra Cofradía aquel Martes Santo, por no estar seguros de que aquella hazaña fuese posible. Había sus dudas, incluso llevábamos una cuadrilla de profesionales, por si acaso. Pero al final se consiguió. Nos sentimos todos orgullosos, pero especialmente los costaleros, su capataz Salvador “el penitente”, y nuestro Hermano mayor y junta de Gobierno, que, al final de la estación de penitencia, se unieron en un abrazo largo y gozoso, con lágrimas en los ojos. Allí estábamos todos, emocionados, como testigos de aquel hecho histórico para nuestra Hermandad y para la Semana Santa de Sevilla.
También a las luces se contraponen las sombras y así ahora recordamos con tristeza e incertidumbre aquel 27 de Febrero de hace 25 años, cuando en eltraslado a la Iglesia de la Anunciación, para celebrar el Solemne Quinario de nuestra Hermandad, se desprendió la cruz de las abrazaderas de las andas y nuestro Cristo sufrió aquel doloroso episodio que motivó posteriormente el hallazgo histórico del documento que confirmaba la autoría y datación de la obra: "Ego feci Joannes de Mesa, anno 1620".
Este hecho inesperado impidió la presencia de la imagen, pero no el sentimiento real de la presencia de nuestro Cristo en dicho Culto y en la posterior Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral, el Martes Santo de ese año. Sentíamos el vacío del paso pero no el de nuestro Cristo que caminaba junto anosotros, representado por una sencilla cruz y unos faroles.
También vienen a nuestra mente recuerdos de asistir en familia los domingos a la Eucaristía en nuestra capilla universitaria, en las que nuestro querido Director espiritual, Juan del Río, nos iba ofreciendo, en aquellas doctas homilías, el comprender mejor el verdadero pan de la Palabra y el auténtico seguimiento a nuestro Cristo.
A lo largo de estos años hemos ido madurando en la fe. Aquel primer impulso de salir de nazareno por costumbre de familia, se va transformando en un deseo, fruto del sentirte perteneciente a una Iglesia que lucha por transformar el mundo. Un pueblo de Dios comprometido en ir construyendo su Reino día a día, en la familia, en el trabajo, en la Parroquia, en donde estemos. Es tan necesario que, todos los que salimos de hermanos en las procesiones, nos demos cuenta que si fuésemos congruentes entre fe y vida, con tantos miles de sevillanos como desfilamos vestidos de nazareno por las calles de Sevilla, debería notarse más nuestro testimonio de vida en esta ciudad.
Juan Pablo II nos llamó a la “nueva evangelización” que es una invitación a ponernos manos a la obra "porque la mies es mucha y los obreros pocos" para transformar este mundo donde domina la vida “light”, el consumo de todo y la increencia. Es el verdadero amor el que debe llevarnos a testimoniar, con nuestras obras, que somos seguidores de Cristo e hijos de la Iglesia. Evangelizar, es dar testimonio de nuestra fe con nuestra conducta de amor al prójimo, en la dimensión de la parábola del buen samaritano. No solamente ayudar sino darnos nosotros mismos.
Como nos dice el Papa Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas est, (Dios es Amor), “la caridad cristiana es, ante todo y simplemente, la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc….Pero el amor cristiano debe manifestarse más allá de la propia asistencia material al necesitado. No solo debo darle algo mío sino a mi mismo. He de ser parte del don como persona”.
Afortunadamente las Hermandades, poco a poco, han ido saliendo de lo puramente cultual a tener, muchas de ellas, bolsas asistenciales o de caridad, ayudando a los más necesitados. Es una labor que debemos seguir afrontando con generosidad.
Por eso, salir en una Cofradía, el pertenecer a una Hermandad, no puede limitarse a lo puramente típico o estético, sino que debe enraizar en nosotros en un compromiso cristiano. La luz del cirio que llevamos debe significar también la de ser portadores de la luz de Cristo a los que nos rodean. El soportar una cruz sobre el hombro, debe testimoniar el saber llevar la cruz de la vida, con la dignidad que Jesucristo la llevó.
En estos sucesivos años nuestra vida discurre para cada uno de una manera distinta. Pasamos de ser hijos a ser padres y de padres a abuelos.
Todos los Martes Santos los vives de una forma especial. Te vas a trabajar pero con el pensamiento puesto en la tarde y la mirada en las nubes negras. Llegas a casa y ya tienes tu túnica preparada encima de la cama, planchada, como si fuese nueva. Te ayudan a vestirte sujetando la cola de la túnica, mientras tú te ciñes el esparto. Antes lo hacía tu madre, ahora tu mujer, o tu hija. Te pruebas el capirote enfundado con el antifaz y vuelves a ver al mismo nazareno de siempre, el mismo que salió por vez primera en 1958. Pero no, miras a la túnica y su color pasado por el tiempo, te hace ver la realidad.
En el patio, al revisar la lista de formación de la cofradía, cuentas las parejas que te faltan para estar cerca del paso y algunos años compruebas que estás más lejos pues algunos Hermanos salen y ves que tienen un número más bajo que el tuyo. Por un lado deseas que pasen los años para sentirte más cerca de nuestras imágenes, poderlas ver mientras haces la estación. Cada año un poco más cerca de ellas en el tramo y en el sentimiento.
Los hijos van creciendo y entrando en la Hermandad. Un día ves a tu mujer sola contemplando el discurrir de nuestra cofradía y es que tus hijos ya van también en la procesión; el mayor en un tramo del Cristo, otro en la Virgen y el más pequeño de monaguillo.Tú ya oyes el llamador del paso de Cristo más cerca. La música de la Virgen parece estar detrás de ti. A veces notas que te empujan porque el paso se echa encima.
Siguen pasando muchos Martes Santos. Sales y vemos a mucha gente flanqueando la cofradía. Nos parece distinguir una cara conocida de un señor mayor y resulta que es un compañero del Colegio que hace años que no veías. No te explicas cómo de pronto tus amigos y compañeros envejecen. Tú como espectador anónimo vas descubriendo el transcurrir de los años en los demás. Ya tu padre no puede acompañarte, se queda en casa impedido. Tus hijos ya van en las trabajaderas del Cristo y de la Virgen. Sientes la envidia sana de estar en su lugar y también poder vivir esos momentos. Tienen a nuestro Cristo y a nuestra Virgen ¡tan cerca! No les importa el esfuerzo por la satisfacción de llevar también sobre sí el peso de la Cruz, o ayudar a la Virgen a caminar detras de su Hijo.
Lo levantan tan lentamente para que el Cristo no sienta el dolor de los clavos que le atraviesan manos y pies y no se despierte.Te sientes orgulloso de cada levantá, como si tú fueras debajo.
Llevan a tu Virgen tan bonita y elegante, inmóviles las puntas de los varales y su airoso andar debajo del palio. La música se acompasa al sentir de sus costaleros. Ya casi toda tu familia participa en la Cofradía. Tres hijos debajo de los pasos, y mi nieto mayor de monaguillo. ¿Se puede pedir mayor felicidad?
Ahora acompañas a tu nieto, antes de incorporarte a tu tramo, y lo dejas al abrigo del “pavero”, pues su padre está pendiente de su costal y de la trabajadera. Ves en él los mismos ojos de ilusión que teníamos de pequeño. Sueña también en salir de nazareno o de costalero cuando sea más mayor, como su padre o su abuelo.
Así también dentro de 50 años, si Dios quiere, vendrán nuestros nietos a esta misma sala, con los amigos que ahora salen también de monaguillos, a celebrar su larga vida personal y de cofrade.
Han pasado para nosotros más de 50 años de vida y Buena Muerte. Solo nos queda ya, traspasar este último tramo de nuestra vida y enfrentarnos con esa “buena muerte”, en ese Martes Santo definitivo, que será el comienzo de la autentica Vida con mayúsculas.
Esto para un cristiano no debe significar tristeza, pues la esperanza debe ser nuestro motivo de alegría.
Por eso termino con versos de mi querido amigo Luis Rodríguez-Caso que ya conoció su “buena muerte” tras su “quinta angustia” y de José María Rubio que, respectivamente en sus Pregones decían:
¡Ay postigo del aceite!
Martes santo…, ya es la tarde.
El sol, se acerca a poniente…
¡tú si que tuviste suerte!
Bajo sus arcos nos diste
suprema lección de amor,
Cristo de la Buena Muerte
Mira si es Buena tu Muerte,
que tiene a Dios entregado
y ni a tocarte se atreve.
Cristo de los Estudiantes
si eso de tu cruz es muerte,
llamemos muerte a la vida
y muera yo eternamente.
Pero muera como Tú,
con esa muerte solemne
donde todo se transforma
se transfigura y enciende.
Que así sea.
Muchas gracias.
|
|