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TARDES DE QUINARIO:
Hay una paz de aspidistras recién regadas. Un blanco silencio de mármol tan solo asustado por el olvidado murmullo de una fuente que no vemos. La claridad de la tarde sobrevuela el patio en el que un puñado de nazarenos negros apura las horas previas a la salida. Casi puede escucharse un hondo zureo de palomas en la hora de la siesta. Las varas, junto con las insignias de algún tramo esperan apoyadas sobre el zócalo del patio.
Con redondas gafas de diplomático y engomado bigotito de época, un hermano se abstrae mirando el cielo, pensativo, mientras, detrás, vemos a otro que conversa, apurando un pitillo de tabaco negro, ajeno a la cámara que diseca el momento. Con el antifaz sobre los hombros, el rostro inclinado y los brazos en jarras, un nazareno nos contempla a través de la gruesa niebla de sus anteojos, como preguntándonos quiénes somos esos extraños que más de siete decenios después nos asomamos a romper la intimidad de la escena. La instantánea, sepia ya del paso del tiempo, nos habla de los comienzos de esta hermandad, que en unos segundos va a salir a la Calle Laraña para bosquejar un hermoso eclipse de antifaces negros y cirios tendidos, un maravilloso juego de contraluces en el lubricán de la tarde, que será retratado para la historia por los revisteros de la época.
Esta tarde, ya no en la calle Laraña, sino en la fábrica de tabacos, de nuevo se abrirán las puertas de una pequeña capilla para proseguir los días del quinario. La estancia pequeña e iluminada, como una burbuja de oro, nos entregará, con brusca rapidez, la visión de Aquel cuya carne se posa adormecida en la loma del madero. Su perfil, sereno, cálido como de recién nacido, abrirá sus brazos sin aspavientos, con la suavidad de un ave que planea en la brisa de la tarde. El terciopelo granate jugará con el paño morado que acuna al crucificado, creando una tranquila aleación de colores. En las jarras se refrescarán los sangrientos puños de los claveles, mientras que, de los pebeteros ascienden las verticales líneas de los cirios encendidos. Y como un punto de luz, en medio de la escena estará la resumida luna de Jesús Sacramentado, inundándolo todo, mientras el órgano entona un viejo cántico que se oye más allá de la puerta: “Tantum ergum sacramentum…”
Hoy vuelvo a observar, con cierta ternura, esta fotografía de nuestros primeros hermanos esperando para hacer estación de penitencia. Cuando esta tarde se haga el silencio, nos acordaremos de ellos, aquellos que ya no están con nosotros. Aquellos que, seguro, hoy celebran un glorioso quinario en el cielo, pues ya gozan su ansiada, y añorada, Buena Muerte.
Lutgardo García Díaz
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