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LA HERMANDAD, ESCUELA DE HUMANIZACION
Conferencia a cargo de D. José María Rubio Rubio con motivo de la Apertura de Curso del año 2006 de la Hermandad de los Estudiantes,
Sevilla
Martes 17 de Octubre de 2006.
Saludos al Hermano Mayor y Junta de Gobierno
Queridos amigos/as:
Agradecimiento
Aunque parezca un tema extraño y poco habitual en el ámbito cofrade vengo a hablar de humanización porque estoy convencido que es esta una tarea urgente que debemos abordar en nuestras HH de una manera decidida. Me refiero al deber que toda hermandad tiene de potenciar los actitudes y los valores propiamente humanos de las personas que en el seno de la hermandad conviven y comparten la calidad de prójimos, ciudadanos, hermanos y cofrades. .
Mi mensaje es este: necesitamos humanizar nuestras hermandades, esto es dotarlas de una nómina de hombres y mujeres auténticos, responsables y libres; de personas que amen a su ciudad, a su Cristo y a su Virgen siempre, con la misma fuerza y el mismo sentimiento con el que aprendimos a amarlos cuando éramos niños en nuestra Hermandad pero con un amor convencido y reflexivo propio de personas adultas conscientes de sus deseos y de sus responsabilidades. De cofrades sevillanos sensibles a la belleza y el sentimiento que nos desborda cada Domingo de Ramos, capaces de reiterar año tras año ese milagro pero capaces también y sobre todo de proclamar públicamente la fe y los misterios que confesamos con la fuerza del testimonio sin conformarnos con los balbuceos infantiles de una palabra apenas pronunciada. Apasionados defensores y celosos cuidadores de nuestras tradiciones, militantes y servidores ejemplares de nuestras HH y CC pero sin dejar nunca de ser señores, sin caer en la tentación de un servilismo interesado y egoista, o en el cautiverio de nuestras emociones. Nuestras HH y CC necesitan de una nómina de hermanos, hombres y mujeres, capaces de pensar y orientar sus vidas en la medida y hacia el fin para el que en su día nacieron estas Instituciones; de personas adultas con principios y valores reconocidos (valores cofrades, humanos y cristianos), con capacidad de diálogo, amantes de la verdad, de espíritu abierto y libre, comprensivos y tolerantes. Dando constante fé pública de nuestro amor a las HH con nuestra fidelidad y nuestra perseverancia pero sobre todo con nuestra integridad y nuestra coherencia moral, nuestro respeto a todas las personas y las virtudes esenciales de todo bautizado: la alegría, la esperanza y la amistad cristiana (Agape, Amor, Charitas).
Por mi profesión y mi fe vivida vocacionalmente en el mundo de la salud, participo de una preocupación común por la deshumanización sanitaria tan ciega demasiadas veces a lo que Miguel Martín define como lo “ineludiblemente humano”. No siempre tratamos a los enfermos con la atención y la amabilidad que exige todo sufrimiento, ni protegemos sus derechos ni reconocemos su dignidad, especialmente en los momentos de mayor indefensión, en el principio y al final de la vida llegando incluso a cuestionarnos su condición de ser humano único e irrepetible para utilizarlo como materia humana al servicio de nuestros deseos.
Pero no nos equivoquemos; la deshumanización del mundo de la salud no es sino un reflejo, mucho más patente si se quiere, de una sociedad que definiríamos en un lenguaje actual como globalmente deshumanizada. La deshumanización no es sólo un problema sanitario. La tenemos aquí delante, visible ante nuestros ojos con solo reparar en ella: la calle, el tráfico, el mercado, los medios de comunicación, la escuela, la familia, la fiesta, la hermandad, hasta nuestros cultos parecen muchas veces deshumanizados, porque la deshumanización arraiga en el interior de los corazones y brota espontánea como la cizaña en el trigal de cada vida ahogando las espigas de nuestra convivencia y desgraciando el alimento de los débiles.
La deshumanización nos interpela como un desafío al que no podemos renunciar individual ni colectivamente si queremos garantizar la solidaridad con los más indefensos y desfavorecidos pero también por nuestra responsabilidad como personas, como ciudadanos y como cristianos. En un discurso estrictamente ético diríamos que la humanización es consustancial a una elemental moral de mínimos que nos exigea todos comportarnos como seres realmente humanos en la debilidad, en la necesidad y en la desgracia de nuestro prójimo; pero hay un nivel más, ese que los Profesionales sanitarios Cristianos hemos venido a llamar "nueva humanizacion" más cercano a la realidad sanitaria y social que compartimos: Aunque el concepto tradicional de humanización fundamentado en la atención a los derechos de los pacientes no está en absoluto completada, hoy emerge un concepto de humanización más global que individual, más de participación que de decisión, una humanización encarnada y comprometida cuyo canon no es el bienestar de los que tienen y la libertad de los que pueden sino el malestar, la soledad y el silencio de los más débiles y necesitados, una humanización precupada esencialmente por la justicia.
Entendida esta nueva humanización como un deber universal y necesario en todos los ámbitos de nuestra sociedad os la propongo hoy como tarea invitándoos a reflexionar conmigo de lo general a lo particular intentando acordar entre todos unos compromisos concretos y asumibles por nuestras HH y CC.
1) La parábola de la salud: Humanizar es crear y cuidar un proyecto de vida por y para los hombres
La salud puede ser contemplada como un proyecto de valores. Cada individuo, cada sociedad, refiere su proyecto de vida, su ideal de bienestar, a esos valores y estima la salud como el estado biológico, psicológico y social óptimo o ideal, calidad de vida le llaman algunos, que le permite alcanzarlo. Bajo esta perspectiva podemos definir la salud como vida corporal en libertad, la capacidad que tenemos para poder disponer sanamente de nuestro propio cuerpo conforme al sentido y los valores de nuestra vida. La idea de salud depende, por lo tanto, de nuestra idea de bienestar y de felicidad.
Pero esta idea de salud tiene, lógicamente, su razón ética. No podemos declararnos servidores de un vivir insensato al albedrío de deseos utópicos o incontrolados más allá de los límites de lo humano. En su dimensión más universal salud es la armonía del hombre con la vida; entendiendo aquí el término vida como “medio” o “condición vital” en el que se desarrolla la existencia. Un ámbito que es deber de todos cuidar bajo el lema “por y para el hombre”; porque si cuidar y ser cuidados forman parte de la esencialidad del ser humano, misión humana es y estricto deber de justicia, trabajar conjuntamente para que todos los hombres y mujeres podamos llegar a vivir una vida realmente saludable.
El cuidado de una vida saludable es por lo tanto un deber universal y una exigencia “de humanización” porque solo es lícito proponer un modelo de vida que pueda llamarse en justicia saludable si los valores que sustentan y orientan esa vida lo hacen conforme al referente ético de una vida realmente humana, esto es: FIEL a la vida "verdaderamente humana"., UNIVERSAL, que no ejerce distinciones y atañe a toda vida humana sin diferencias y POSITIVA, que intenta desplegar todas sus posibilidades y eliminar todo lo que la negativiza.
Y esto que referido a la salud nos puede parecer algo teórico y lejano no lo es cuando hablamos de HH y CC. Si la vida en general se vive conforme a unos valores, igual sucede con la vida de hermandad. Si defendemos que sin calidad humana no puede haber vida sana, sin calidad humana tampoco puede haber vida de hermandad; de ahí el deber que tenemos de trabajar todos, no solo las juntas de gobierno, los directores espirituales y la jerarquía, todos, para dotar de calidades humanas y hacer realmente saludable la vida de la hermandad.
La hermandad es para el hombre, no el hombre para la hermandad. Alcanzar una vida de hermandad saludable requiere perseverar en este esfuerzo humanizante a fin de que todos y cada uno de los hermanos alcance a vivir dentro y fuera de la Hermandad una vida auténticamente humana y saludable. ¿Y qué entendemos por vida saludable? aquella que, como diuce Ximo García Roca tiene cubiertas las tres hambres esenciales del hombre: “el hambre de pan que puede saciarse, el hambre de compañía que debe cumplirse y el hambre de Dios como una fuente que emana constantemente”.
2) ¿Cómo andamos de deshumanización?
En la vida de Hermandad conocemos por desgracia demasiadas experiencias de dehumanización: Hay masiva presencia de hermanos, vida de hermandad decimos, en los cultos rituales y el martes santo y en los besamanos, pero también mucha soledad y un trágico olvido de demasiadas personas que ya no cuentan. Contemplamos, sobre todo alrededor de nuestras imágenes, sentimientos compartidos de gozo y de alegría pero sabemos que hay también mucho sufrimiento oculto a nuestros ojos y dolores que somos incapaces de compartir. Llevamos muchos penitentes con cruces detrás de nuestros pasos pero delante y detrás, dentro y fuera de los desfiles procesionales, también nos ilusiona lucir alguna larga filacteria u otros galones de humana vanidad.
Nos debe preocupar la deshumanización que aflora en nuestras hermandades como nos preocupa la aparente indiferencia religiosa de una gran parte de nuestra juventud; cada generación es más evidente el desprecio de los referentes morales cristianos y la práctica ausencia de vida sacramental. En las HH y CC, especialmente en el culto externo, asistimos en esta hora a una pérdidas de los valores religiosos tradicionales en aras de otros nuevos como la autoafirmación de la cultura propia, los valores artísticos y sociales, lo lúdico y lo festivo.
Pero no podemos desesperar. Ya el Concilio Vaticano II insistía en la necesidad que tenemos los cristianos de descubrir los "signos de los tiempos" para alentar la esperanza y mantenernos en ella y hay signos actuales que empujan a esperar, que nos muestran que Dios se encuentra presente, que su Reino está actuando entre nosotros. A nuestro lado, en nuestra propia ciudad, en el seno de las HH, emergen como signo de nuestro tiempo, iniciativas de un alto valor humanizador que tenemos el deber de alentar:
- El renacer, especialmente entre los jóvenes, de valores como la amistad, solidaridad y el voluntarismo.
- La lucha contra la pobreza en el mundo,
- La solidaridad universal y el florecimiento del voluntariado
- El clamor contra la violencia.
- La defensa de los derechos humanos.
- El reconocimiento de la mujer
- La libertad religiosa
La realidad es que vivimos pus en una sociedad de valores y contravalores permanentes
• Somos la sociedad más libre pero también la mayor esclava del consumo.
• Somos la más responsable, pero también la más sometida a las nuevas dictaduras del cuerpo, la moda o el mercado
• Somos la sociedad más culta y a su vez la más atontada por la televisión y los grandes medios
• Somos la más valiente y la más angustiada por la posibilidad de enfermar (seguros, chequeos etc..)
• Somos la más generosa pero también la más violenta
• Nunca como hasta ahora el género humano había alcanzado un mayor dominio sobre el mundo y la naturaleza, pero también hemos llegado a convertirnos en su principal amenaza.
En este mosaico de realidades quisiera detenerme en las que, a criterio de los expertos, constituyen las principales tendencias deshumanizantes de la sociedad actual; unas tendencias o tentaciones a las que los cofrades sevillanos, partícipes del mismo tejido social, no somos en absoluto inmunes.
- La cultura del bienestar: Cuatro dolencias provocan el 70 % de las muertes en los países occidentales (Enf cardiovasculares, cáncer, enf pulmonares y accidentes de tráfico) y todas ellas están relacionadas con estilos de vida que animan al bienestar a toda costa, al stress, a la dominación. Confundimos salud y bienestar y en esta óptica la idolatramos y nos volvemos esclavos de nuestro propio cuerpo al que cuidamos neuróticamente, temerososos de cualquier enfermedad. Estos hechos invitan a una profunda reflexión sobre el falso bienestar que propone una sociedad insolidaria, exigente hasta la histeria en su incapacidad de soportar el más leve síntoma mientras se desprecia la vida débil en aras de la comodidad. Urge buscar nuevas propuestas que nos lleven a todos a compartir objetivos comunes de un sano bienestar pero siempre dentro de los cauces de la justicia.
¿Cuál es nuestro objetivo de bienestar en la Hermandad? ¿Cuándo y poprqué nos sentimos bien y a gusto en ella? ¿Lo medimos exclusivamente en términos personales? ¿Hasta qué punto el estar bien de algunos no es casusa de estar mal de otros y no lo sabemos? ¿Es justo que nos contentemos con salir a la calle pensando sólo en la imagen de lo externo, en la estética y el paso, en el rostro de nuestra hermandad visible a la luz de los cirios, en la voz del silencio de nuestros penitentes y la música de nuestras marchas procesionales sin escuchar ni un lamento, ni siquiera el eco de tantos hermanos olvidados?
- La cultura del consumo: El hambre es la enfermedad de los pobres y la dieta la enfermedad de los ricos. Vivimos sobre lo superfluo; los ricos en dinero suelen ser muy pobres en bienes esenciales. Un pensador moderno se atrevió a aventurar hace unos años que el lujo del futuro será disfrutar de los bienes aparentemente muy básicos pero escasos como el tiempo, el espacio, la tranquilidad, un entorno saludable, la seguridad. ¿Qué valor le damos en la Hermandad a la salud de compartir estos bienes esenciales, del tiempo, la paz, la ilusión o la alegría? ¿En qué gastamos el tiempo, los trescientos y pico días del año que no hay convocatoria de cultos ni actos como el de esta noche? ¿Cuál es nuestro “consumo principal” como hermandad: la cera de los cultos, el incienso de las solemnidades, los exornos florales, los recordatorios, las estampas, la imprenta, los boletines o el constante pulso vital del corazón de los hermanos viviendo su propio día a día, sus pequeñas y sus grandes cosas en un ambiente sano de familia y hermandad?
- La enfermedad de la pobreza: Hoy día el estado de la salud colectiva está íntimamente relacionado con la globalización económica que amplía las desigualdades sociales y la mediática que las patentiza y crea expectativas, y huída en masa de los países más desfavorecidos hacia las zonas de mejor salud social. Mil trescientos millones de personas viven con 1 euro por día. Una quinta parte de la población mundial consume el 80 % de las reservas disponibles y las otras 3/4 partes pasan todo tipo de privaciones. Los pobres mueren antes de tiempo: 200 millones de personas mueren antes de los 60 años. 15 millones de niños no llegan a los cinco días. Las condiciones sanitarias de los países pobres son inimaginables para cualquier ciudadano europeo celoso de una asistencia justa y eficaz: madres que mueren con el vientre rotos por embarazos distócicos, carencia de recursos elementales, progresión imparabale del SIDA, pacientes hacinados en chozas transformadas en hospitales sin las mínimas condiciones higiénicas
Cuando hablo en las HH de solidaridad me gusta recordar que en este ejercicio como en la práctica de la caridad cristiana, nadie puede obrar por mí y en absoluto podemos sentirnos satisfechos y justificados por los donativos y ayudas que nuestra hermandad, institucionalmente, haya podido realizar. ¿Hasta qué punto somos sensibles como hermanos más aún que como hermandad, a esta pobreza que nos llega continuamente y no sólo como un noticia dolorosa o una requerimiento solidario sino como una realidad patente y cercana que nos implica en un estricto deber de justicia? Aprovecho aquí para partir una lanza por una virtud desgraciadamente devaluada y hasta sepultada bajo la arena de la eficacia. Hablo de la compasión a la que Henri Nowen otorga el principal valor y referente de lo humano en todos los órdenes de la vida, puente de encuentro, cruce para el cristiano de lo humano y lo divino en el misterio de la encarnación de Cristo Señor y hermano nuestro.
- La epidemia de la insiginificancia: La globalización económica no ha aumentado tanto la pobreza como la “insignificancia”: La insignificancioa es la cruz de millares de personas y grupos humanos con sus relaciones sociales y familiares rotas, su vida condenada a la inutilidad, inhabilitados para lo que han estudiado o aprendido y que ahora no cuentan para nada ni para nadie. Son los excluídos sociales para los que llega más tarde la ambulancia, los que tienen el hospital más lejos, los que todo el mundo extraña, a los que nadie echa cuenta, a los que nadie ayuda cuando les llega la enfermedad. ¿Con quienes contamos en la hermandad? ¿Somos realmente todos iguales? ¿Le damos a todos lo misma oportunidad? ¿Hasta qué punto estamos en condiciones de asegurar que no hay marginaciones, exclusiones, insignificancias entre nosotros? Decía Martin Luther King: “Los hombres hemos aprendido a nadar como los peces y a volar como los pájaros pero parecemos incapaces de vivir sencillamente como hermanos” ¿También sucede así en nuestra Hermandad?
- El miedo y la inseguridad: Vivimos en la sociedad del riesgo gracias sobre todo a que los hombres nos hemos convertido en la principal amenaza para nuestra salud personal y colectiva. El desarrollo, el progreso, la técnica son capaces de provocar catástrofes de una gravedad hasta ahora desconocida. Nuestra forma de vida, nuestra cultura es un peligro en sí misma y aunque nos ha costado trabajo darnos cuenta, hemos comenzado a experimentar el miedo. La conmoción mediática de un 11 de Septiembre nos abrió los ojos a una trágica realidad, hemos edificado nuestra civilización sobre dos torres gemelas: El Nabucodonosor de la técnica y el Babel de la deshumanización. Pusimos nuestra esperanza en la técnica olvidándonos de quienes carecían de ella y hoy recelamos de la primera mientras vemos agigantarse la sombra de los olvidados que son percibidos como amenaza. Y esta inseguridad que nos desconcierta y nos hace sentirnos en alguna manera “enfermos” de la civilización, tiene su lectura propia: “Cuando los ricos pierden su seguridad, la perdemos todos y cuando los pobres la perdieron solo les afectaba a ellos”.
El miedo actual nos descubre nuestra tradicional insolidaridad y también nuestra auténtica calidad de cristianos cuando en situaciones como la actual, privados de la bonanza oficial que empujaba nuestras velas, con la ventisca del laicismo azotándonos el rostro, nos da miedo proclamar valientemente nuestra fe y reclamar a cara descubierta derechos irrenunciabes como son la educación religiosa de nuestros hijos, la objección de conciencia, el respeto a los valores religiosos y a lo sagrado.. En el último número de Alfa y Omega leía la semana pasada una gran verdad en una entrevista a Pasión Vega ¡Ojalá tuviera música para cantársela al mundo!: “Los creyentes caminamos con serenidad, esperanza y alegría” Serenidad, esperanza y alegría, hermoso lema que cada cofradía debería debería llevar bordado en oro en su estandarte para pasearlo alto y bien visible por las calles y entre las bullas deshumanizadas de la ciudad.
¿Hasta qué punto nos manifestamos serenos, esperanzados y alegres en nuestra hermandad? Si esa no es nuestra seguridda ¿sobre qué otros valores cimentamos nuestra confianza? La economía, la imagen, la historia, la estación de penitencia, los nombres propios.....todo puede ser y de hecho es importante pero no lo fundamental. Indudablemente nuestro Cristo y nuestra Virgen sí lo son, su patronazgo y amparo pero...¿y nosotros? ¿Cuál es nuestro mensaje? Cada martes santo, con los rostros cubiertos por el antifaz, vuestros nazarenos se esmeran en una ejemplar estación de pentiencia y así sois reconocidos como modelo a imitar de lo que debe ser una cofradía sevillana. Hay un viejo y noble espíritu que se transmite de padres a hijos, de hermano a hermano, con cruz, con cirio, con insignia, bajo el costal. No se me olvida la emoción de aquel año cuando la primera cuadrilla de hermanos costaleros del Stmo Cristo de la Buena Muerte le demostró al más incrédulo pueblo sevillano que el andar penitente es solo uno como sólo una es la voz del corazón que cree y que sabe, oración que camina, andar que reza lo mismo con alpargatas que con los pies descalzos sobre cera caliente derramada ritualmente al llegar cada primavera.
3) Líneas de acción de las HH y CC ante las amenazas de deshumanización
Vivimos un tiempo de profunda crisis de lo humano. Ya no es que necesitemos ser tratados como seres humanos en situación de debilidad; es que en nuestra más común cotidianidad necesitamos sentirnos humanos. Hemos perdido las referencias y ya no hay fronteras ni límites para los deseos ni para la libertad. Vivimos de espaldas a nuestras realidades. La enfermedad es ante todo un contratiempo que rompe nuestros proyectos. El cuerpo una máquina para la vida cuya capacidad de funcionamiento parace inagotable. Vivir enfermo o con dolor carece de sentido. Una vida que se anuncia débil o inoportuna no merece la pena ser vivida. ¿cómo se asume así el tiempo común de silencio y debilidad? ¿cómo se puede seguir siendo el mismo cuando sabes que tienes un cáncer?
En un artículo de la revista HUMANIZAR, Manuel Torreiglesias, director del programa de TVE “Saber vivir” confesaba que para él, “humanizar la salud es convertirla en una tarea de personas, no de burócratas ni de trabajadores de centro de salud o de hospital..... Es trabajar, hacer una tarea propia de gente con dignidad y valores” En resumen, ser sensible y consciente de la dignidad y los valores propios de la persona humana. Pero esta es una empresa harto difícil; exige un proceso de conversión y de reconciliación, de acercamiento, un encuentro respetuoso, una alianza entre lo sano y lo enfermo, el poderoso y el necesitado, para que el débil supere su debilidad, restaure su salud y recupere el sentido de su vida.
Tenemos que ponernos al nivel del débil; sólo así será posible el encuentro, en igualdad de valores, de dos vidas llamadas a compartir un tiempo y una vida común y para conseguir esto son necesarias premisas esenciales como la reflexión moral que eduque nuestra conciencia y nos sensibilice ante las necesidades de los demás, un ejercicio de extasis, esto es, salir de nosotros mismos, de nuestra seguridad, de nuestra tranquilidad y arriesgarnos por el otro; una accesis, desprendernos de todo aquello que significándonos negativamente nos impide acercarnos a él y finalmente una praxis humanizante decidida y eficaz que en las HH y CC debe orientarse hacia:
- Humanizar la cultura
El campo de la cultura es hoy campo abonado para un compromiso cristiano en valores que, frente a los comportamientos sociales deshumanizantes que la sociedad tolera y aparentemente nadie discute, promueva y defienda como valores propios e innegociables la defensa y protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento del nacimiento hasta la muerte; el reconocimiento y la promoción de la estructura natural del matrimonio y la familia como unión entre un hombre y una mujer y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos. La vida, la familia, el prójimo, el medio ambiente, la sociedad que heredamos y la que dejaremos a nuestros hijos, el compromiso público con la ciudad y con los ciudadanos, la convivencia feliz y pacífica, el orden justo, la sana alegría renovada día a día como otro Domingo de Ramos, hacer de la vida celebración y cántico, emoción y acción de gracias, suerte vivida y suerte a compartir. Esa es la carta de valores desplegada al día de hoy delante de nuestras HH y CC como una oferta propia y digna de nuestra condición humana.
- Humanizar las hermandades:
¿Como podemos humanizar nuestras hermandades? Hay actitudes muy difundidas de algunos cofrades que perjudican seriamente a nuestras HH y CC como el desviacionismo pseudocultural y comercial que invade y llega a neurotizarnos y que no deja un instante de reposo o de reflexión para todo lo que no sea fiesta, consumo y experiencia. Hace falta un trabajo decidido y constante en pro de la formación humana y cristiana de los hermanos, especialmente los más jóvenes; en la educación y en la promoción de cofrades que se comporten como hombres y mujeres verdaderos: buenas personas, auténticos cristianos, honrados ciudadanos, profesionales responsables. Es necesario compensar cera y catequesis, el costal y la formación, la estética exterior de la cofradía y la salud interior de los penitentes y costaleros, el tiempo que le dedicamos a cuidar las cosas de la Hermandad y el que le dedicamos a nuestros hermanos
- Compromiso elemental con la vida humana.
Conforme a una ética racional, natural y cristiana que respete los valores del hombre, defienda la vida y la cuide en todas sus dimensiones. En la hermandad parece existir, en demasiados casos, una subordinación de lo personal a lo social; interesa sobre todo la vida de la Hermandad, más que la vida de los hermanos. Por eso nunca se insistirá demasiado en la obligación de no marginar ni desunir; de respetar y cuidar la cordialidad y el trato humano en nuestras HH y CC; en la necesidad de aprovechar el generoso caudal de vida que es cualquier hermandad en la que podemos compartir tiempo, salud, recursos económicos, amistad, palabras, tristezas y alegrías; en la que podemos acompañar a los que están solos, velar a los que necesitan ser cuidados, atender siempre a los más necesitados.
- Defensa del modelo de la familia cristiana.
Una hermandad puede considerarse una verdadera familia cuando es escuela de humanidad y de fe, comunidad de afectos y cauce de evangelización. Las hermandades, como la sociedad, dependen de la salud y del bienestar de la familia. No se puede ser buen cofrade y mal esposo, mal padre o mal hijo. El compromiso con nuestra hermandad comienza con nosotros mismos y con nuestra familia.
4) Las Hermandades, escuela de humanización
Perdonadme si os he cansado o si alguno se ha podido sentir ofendido con mis palabras. Sólo deseo que las HH y CC constituyan realmente una presencia cultural, social y cristiana en medio del mundo, celosas cuidadoras de nuestras tradiciones y defensoras de los valores positivos de la persona humana y de una vida feliz asentada en la verdad y en la belleza, el bien y la justicia. Que sean auténticas fraternidades significadas por la amistad entre los hermanos, la caridad como lema y el compromiso de justicia con las necesidades humanas y sociales de la ciudad. Que sean verdadera experiencia de Dios en cada cofrade y cauce de vida cristiana. Nunca un fin en sí mismas sino un camino precioso y original, un medio contrastado por los siglos para llegar a Cristo.
El cuidado, con su resonancia la amabilidad, es el artífice de nuestra humanidad según Leonardo Boff Para este autor la amabilidad es...“el “modo-de-ser” que descubre el corazón que palpita en cada cosa... la capacidad de sentir el corazón del otro...” El poder humanizador de la amabilidad y el cuidado se muestra nítidamente en esta cita de Leonardo Boff en su libro “El cuidado esencial” y que traigo aquí porque puede ilustrarnos y sernos de gran utilidad en la tarea que esta noche os propongo de humanizar nuestras hermandades, especialmente a nuestra juventud orientando e iluminando nuestras emociones y sentimientos, y entre ellos de una manera prioriaria los artísticos y más populares:
“La refinada educación de los aztecas, conservada en bellísimos textos, pretendía formar en los jóvenes un rostro transparente, bondadoso y sin sombras, asociado a un corazón firme caliente, determinado, hospitalario, solidario y respetuoso con las cosas sagradas. Según ellos, en el corazón nacía la religión, que utilizaba “la flor y el canto” para venerar a sus divinidades. Ponían corazón en todas las cosas que hacían. Esa amabilidad o “cordi-alidad” se reflejaba en las obras de arte que creaban. El gran pintor renacentista aleman Alberto Durero, al contemplar en 1520, unos objetos de arte aztecas que Hernán Cortés había regalado al emperador Carlos V, dejó apuntado en su diario este testimonio: «En toda mi vida no he visto nada que me haya alegrado tanto el corazón como estas cosas. En ellas he encontrado objetos maravillosamente artísticos y he quedado admirado de la sutil genialidad de los hombres de esas tierras extrañas». Era la resonancia del cuidado y de la compasión, que se expresaba en los objetos de arte aztecas”.
Final
En estos días, mientras preparaba mi conferencia en la Hermandad del Stmo Cristo de la Buena Muerte, leía un libro de Henri Nowen titulado “Nuestro mayor don” que trata precisamente sobre morir bien y cuidar bien. Henri Nowen para el que “En el reino del Espíritu de Dios vivir y cuidar son una misma cosa” fue un miembro activo de la Comunidad del Arca donde compartía su vida con los más débiles convencido de que “Cuidar es el privilegio de todas y cada una de las personas y es la esencia de ser humano” .
Leyendo este libro me ha sucedido que, no sé si por mi conferencia de esta noche o por qué otra misteriosa razón, conforme leía iban surgiendo imágenes del texto como una película surge de un guión y he visto con la nitidez de un martes santo reflejada vuestra Hermandad en muchos de sus pensamientos.
Lo contemplo casi desnudo en un portal del Postigo, primera lección de humanidad, arrullado por un silencio de pastores mientras leo: “Vino como un niño y murió como un niño, y vivió su via de manera que pudiéramos recuperar nuestra propia infancia.....Convertirse en un niño, volver a una segunda infancia es esencial para morir una buena muerte”
“La primera tarea para prepararnos para la muerte es reivindicar la libertad de los hijos de Dios”... he leído cuando de pronto, dos párrafos más y surge ante mis ojos una imagen imposible ¿fue sólo un sueño? Segunda lección de humanidad: Con la puntualidad de siempre, con la misma sutileza, los penitentes de la Universidad atraviesan un paisaje desolador de calles levantadas, zanjas y ruínas más propio de una guerra que de otra primavera. Las cabezas altas, el paso firme y seguro, los cirios y las cruces levantados, mientras sigo leyendo ...”nuestra elección nos permite mantener la cabeza erguida en la presencia de Dios, incluso cuando caminamos por un mundo que se derrumba”
“Morir es confiar, extender los brazos y esperar a que El me coja...No intentes agarrarle..El te agarrará a ti cuando des el gran salto. Tú sólo extiende los brazos y confía, confía, confía...” Pocas veces se identificaron más y mejor el pensamiento y la imagen..Pensamientos de un autor cristiano decisivo en mi vida escritos a los pies de mis recuerdos y la imagen del Stmo Cristo de la Buena Muerte. Todo un gran don, el mayor don que es meditar sobre morir bien y cuidar bien contemplando la imagen de una muerte que vale más que todas las palabras; vale exactamente el peso de todas nuestras vidas sostenidas por el arca salvadora de sus brazos navegando sanas y salvas hacia la vida eterna.
José María Rubio Rubio.
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