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LA IGLESIA DE UMARPADA YA TIENE FORMA
En la India ya no llueve desde hace me y medio. El monzón ha dejado más verdes los campos. Pero a principios de noviembre aún hace mucho calor. Son las cinco de la tarde y la postrera luz del sol tiñe de auras doradas los edificios de la Misión. Una nueva silueta ha surgido donde meses atrás solo había polvo y maleza. En la cúspide de un campanario, aún sin campanas, un "giraldillo" hermano se yergue sin miedo a la altura. Es un muchacho que riega el hormigón aún fresco para que el calor no lo cuartee.
Más abajo los amplios huecos de la nueva Iglesia, todavía sin cerramientos, dejan ver la luminosidad interior de un amplio espacio con vocación de acogida. Unos hombres pulen el mármol sobre el que pronto descansarán cientos de fieles. En el ábside otros obreros ponen los últimos ladrillos. La estructura, el envoltorio del templo, ya está terminada. En pocos días los pintores, los carpinteros, los tejadores, los encargados de dar los últimos toques iniciarán sus tareas con un objetivo: decir la primera misa antes de la próxima Cuaresma.
Lejos de Umarpada, a casi 400 kilómetros, y cerca de Bombay, un antiguo enclave portugués enarbola frente al mar los miles de penachos de sus palmeras. Vasai es cristiana por los cuatro costados. En los cruces de calle las capillas con imágenes varias de Nuestra Señora son como los "cruceiros" en los caminos de Galicia. Y entre tanta religiosidad no es extraño encontrar un oficio más propio, uno piensa, de nuestra tierra andaluza. No uno, sino dos imagineros tallan imágenes en sus talleres desde son enviadas a todas las iglesias, conventos y misiones de la India.
El más antiguo y de mayor solera es el taller de los hermanos Sikuera. Bajo las palmas de los cocoteros se amontonan grandes techos de madera. Varios ayudantes tallan formas barrocas para adornar altares y retablos. Otros tallan pequeñas imágenes de santos. Un hombre de edad madura y mirada intensa mete su gubia con seguridad en el acabado de unos dedos. Ante él, dos brazos totalmente formados a falta de marcarles venas y tendones. Son los brazos del "gemelo" indio de nuestro Cristo que está naciendo allí.
Más adelante, aislado del trasiego del taller, otro hombre también con canas en su rala cabeza, parece abrazarse a un gran trozo de madera del que destacan perfectamente formadas unas piernas. Está trabajando con sus herramientas de escultor en el pecho del Señor. El paño de pureza, la cabeza están abocetados. ¿Conseguirá el artista el parecido con su "hermano mayor" que todos deseamos?
La estampa de este imaginero, volcados su cuerpo su mente en la que debe ser probablemente su obra más difícil, hace volar la imaginación a otra escena, quizá no muy distinta, que tenía lugar en 1.620 en un taller a 10.000 kms de distancia de Vasai. El tiempo y la distancia no serán obstáculo para que nuestro Santísimo Cristo de la Buena Muerte, lejos de nosotros, lleve su protección y su consuelo a tantos fieles indios que, están deseando tenerlo cerca para poder postrarse a sus pies.
F.R.



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