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LAS MISIONES DE GUJARAT (INDIA)
Tras aterrizar en Bombay y recorrer 160 Km en tres horas y media la carretera, llena de sobresaltos, nos deja en Zarolí primera de una serie de misiones católicas distribuidas en la parte oriental del Estado de Gujarat, desde el que Gandhi comenzó su revuelta pacífica.
Los portugueses anduvieron por aquí y Goa no queda demasiado lejos al Sur, así que la predicación de la fe católica se extendió por estas tierras desde antiguo. No son muchos, porque el 2% de personas que se reconocen seguidores de Cristo en la India se disuelve como el azúcar en la marea de más de ochocientos millones de hindúes. Pero son de los de verdad, de los que tienen algo que perder por declarar su fe.
Hoy los métodos de "persecución" han cambiado y los católicos de este Estado no son echados a las fieras, que en la India todavía son fáciles de encontrar. No, l persecución es más política y sibilina, pero igual de eficaz. Ausencia casi total de financiación y ayudas para proyectos sociales y educativos. Dificultades extras en ciertos exámenes a los alumnos católicos. Falta de puestos de trabajo como funcionarios. Lamentablemente, el gobierno de Gujarat está en manos de partido fundamentalista hindú y la orden de su presidente es clara: "No hay dinero para los cristianos".
La misión de Zarolí cuida de una población no inferior a 20.000 habitantes. Estos son aborígenes (Adivasi), es decir los primeros pobladores del subcontinente que, curiosamente, han quedado relegados al último eslabón social ya que no siendo hindúes, se les considera más bajos aún que los "intocables". Son gentes que viven de la agricultura bastante magra para nuestros estándares occidentales., en casa de barro. Los medios con que cuentan para pagar estudios a sus hijos, a veces numerosos, son escasos y frecuentemente nulos.
La misión realiza una gran labor educativa. En su colegio de San Javier (la influencia de nuestro santo compatriota está presente en la india por doquier) estudian unos 1.300 alumnos, de los que más de 500 son chicas. Los costes escolares anuales representan el equivalente a un salario mensual medio en esta zona, mucho si la familia ha de costear los estudios de dos o más hijos. Hay también escuelas estatales gratuitas en algunas aldeas, pero son insuficientes y su nivel educativo es muy bajo.
Naturalmente, alguno de estos niños son ayudados por terceras personas y, en algunos casos, por los propios Padres que dirigen la misión, de su propio peculio. Pero muchos se quedan por el camino. Uno de los mayores problemas, sin embargo, ha venido a ser resuelto por nuestra Hermandad. Con la financiación del coste lectivo de los dos últimos cursos de bachiller, los niños de la zona podrán completar al menos, esta etapa educativa, lo que mejorará sustancialmente su futuro.
Pasar unos días en la misión de Zarolí es como volver a unos tiempos en los que la vida y, sobre todo, la infancia no estaban contaminadas por el "progreso". Los niños internos (unos 150), al acabar su jornada de clases, se turnan en equipos para jugar al baloncesto, al voleibol, críquet, pero también para limpiar todo el recinto, la capilla, sus dependencias o acarrear leña a la cocina. Ven poca televisión y eso solo desde que unos hermanos nuestros regalaron una aparato hace un año, así que convivir con ellos es como retroceder 50 años a la vida natural que también hubo una vez en nuestro país.
La misión se autofinancia en parte mediante la explotación agrícola de una tierras anejas y la venta de leche que producen más de 25 búfalos en sus establos. Uno se acostumbra a encontrarse con estos enormes animales en cualquier vericueto de la misión, mientras pastan o bajan al río que la bordea. Además un dispensario regido por monjas locales ofrece atención médica gratuita a cualquier persona de la zona. Parece que, tras años de persuasión, han conseguido que todos los niños de la comarca nazcan aquí y no en sus casas como venía siendo costumbre.
Pero el mejor espectáculo para un creyente es participar en la misa dominical, a las 7 de la mañana cuando las sombras de la noche aún no se han disipado del todo. Las gentes vienen caminando, en bicicleta y, pocos en moto. Muchos hacen más de media hora de camino, pero no faltan a misa. La costumbre India para cualquier reunión es la de sentarse en el suelo y así se colocan en la Iglesia, a la izquierda los hombres, a la derecha las mujeres. Estas, con sus saris multicolores y sus largas trenzas negras. Son como bailarinas descalzas cuando pasan a comulgar. Hay cánticos liderados por los alumnos, de los que, increíblemente, solo una minoría son católicos. Nadie lo diría por la devoción que demuestran y es que una de las buenas cosas de la India es la idea de Dios, como ser todopoderoso, que se extiende por la sociedad independientemente de la religión que el individuo profese.
La gente atiende sin perder un ápice de lo que sucede en la celebración. Hay un fervor que solo en contadas ocasiones se llega a sentir en nuestro país y uno piensa en el mérito de estas gentes, casi cristianos de las catacumbas, y en lo poco que reciben a cambio aquí en la tierra. Pero son felices con ese poco y sus sonrisas están siempre prontas para iluminar sus bellos rostros.
Pero Zarolí es solo una, quizá la mayor, de las misiones que se reparten por el Estado de Gujarat. Siguiendo por la carretera hasta Baroda, Dharampur, Unai, Umarpada,... la mayoría están atendidas por sacerdotes diocesanos indios, en algunas hay algún jesuita e, incluso, algún jesuita español. Las secciones femeninas están gobernadas por monjas canosianas, también indias, pero de una orden italiana.
Las necesidades se acumulan. Hay una ONG italiana que financia proyectos de infraestructura. La diócesis les aporta lo que puede, algunos particulares se ocupan de unos cuantos niños. Pero la realidad es que todo parece poco para conseguir el éxito de estas gentes que dan lo mejor de sí mismos por el ideal de Cristo. Ellos confían en Él. Que nuestro Santísimo Cristo de la Buena Muerte, ahora también suyo, les ayude a mejorar en la vida y les dé fuerza para continuar siendo felices creyentes.
F.R.

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